Ayer fui a ver a The Lumineers al Pepsi Center y, sinceramente, no hay mejor forma de decirlo: quedé enamorada. Ya los había visto hace dos años en el Corona Capital, cuando tocaron en el festival, y aunque aquella vez los vi desde muy lejos, me dejaron un recuerdo muy bonito. Pero esta vez fue diferente. Verlos en solitario, en su propio show, tan de cerca, me cambió completamente la percepción que tenía de ellos.

El concierto empezó cerca de las nueve y media de la noche. La banda está de gira con su Automatic World Tour, que acompaña a su más reciente álbum Automatic, y desde el primer momento se notó que traen un show muy bien armado. Comenzaron con “Same Old Song” y, desde ahí, el ambiente se llenó de una emoción muy particular. No era euforia en el sentido clásico no había saltos ni gritos desbordados, era algo más cálido, una sensación colectiva de felicidad. Cuando volteaba a ver alrededor, veía sonrisas, miradas emocionadas, gente coreando bajito, disfrutando con el corazón.

Una de las cosas que más me sorprendió fue el escenario. No me había dado cuenta al principio, pero había una pasarela enorme que llegaba hasta la mitad del recinto, en forma de flecha. Esa estructura le dio un toque muy especial al concierto, porque en varios momentos la banda se movía hacia ese punto medio, creando una conexión mucho más cercana con el público. De hecho, hubo instantes en los que los tenía prácticamente frente a mí, y otros en los que los veía de espaldas, pero incluso así, la energía se sentía envolvente, como si el concierto no fuera algo que veíamos, sino algo que estábamos viviendo junto a ellos.

Visualmente, el show fue precioso. Las pantallas mostraban paisajes que parecían salidos de una película: casas viejas, árboles, campos abiertos. Todo tenía una estética nostálgica, muy acorde al espíritu de The Lumineers. Pero más allá de lo visual, lo que realmente me impresionó fue la conexión y la alegría genuina entre ellos. Pocas veces he visto a una banda divertirse tanto en el escenario. Se reían entre ellos, se pasaban los panderos, se lanzaban las baquetas, hacían bromas; era como ver a un grupo de amigos disfrutando el simple hecho de tocar juntos. Me recordó a la energía que alguna vez sentí viendo a Arcade Fire, esa pasión que no se puede fingir.

El vocalista, Wesley Schultz, tiene una presencia increíble. En un momento del show se bajó al público, caminó entre la gente y cantó una canción completa mientras tomaba las manos de quienes estaban cerca. Fue un gesto muy sencillo, pero de una cercanía enorme. También contó que esta es la primera vez que vienen a México con su propio concierto, ya que las veces anteriores habían venido en festivales, y dijo algo muy bonito: que llevan cuatro meses de gira y que han sido los cuatro meses más felices de su vida.

Uno de los momentos más emotivos de la noche fue cuando Wesley habló sobre su hermano, quien falleció hace poco. Contó que hay una canción que solían cantar juntos, “New York State of Mind” del gran Billy Joel y decidió interpretarla en su honor. Fue un momento muy íntimo, de esos en los que el ruido del público se apaga y todo el recinto escucha con atención.

Durante el show sonaron canciones que todos esperábamos: “Ophelia”, “Ho Hey”, “Cleopatra”, “Angela” y, por supuesto, “Stubborn Love”, con la que cerraron la noche. Ese cierre fue mágico. La gente cantaba con el alma, las luces caían sobre el público y había una sensación de comunidad que pocas veces se logra en un concierto.

Cuando todo terminó, me quedé con una sonrisa tonta y el corazón lleno. The Lumineers no solo dan un show, crean una experiencia compartida, donde la vulnerabilidad, la alegría y la nostalgia se mezclan con la música.

Salí del recinto pensando que había vuelto a enamorarme de la banda, pero sobre todo, de la forma en que la música puede unirnos sin necesidad de palabras. Esperemos que The Lumineers regresen pronto y con más shows en solitario.

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