Hay conciertos que son puro ruido, otros que son puro recuerdo, y luego están los de Ilegales: una mezcla entre caos y disciplina, entre furia y exactitud. Anoche, el Foro Puebla se llenó hasta el último rincón para verlos de cerca, en una fecha sold out que dejó claro que Jorge Martínez y compañía no vienen a cumplir con el trámite de tocar: vienen a tocar de verdad.

El setlist fluyó entre la electricidad de Joven y Arrogante y los clásicos que hicieron de Ilegales una banda esencial del rock en español. Pero más allá de la selección de temas, lo que terminó de marcar la noche fue la forma en que los ejecutaron: con una precisión deslumbrante. No era solo actitud punk por actitud, era música tocada con intención. Tanto, que en un momento Jorge detuvo una canción a la mitad, no por algún fallo evidente, sino porque, según él, no había sonado como debía. Y la repitieron, desde el principio, con una potencia renovada. Eso, más que un gesto de control, fue una declaración de principios.

Durante el show no hubo discursos largos ni poses forzadas. Lo que habló fue la guitarra de Jorge, cortante y nítida, y el pulso de la banda: compacto, filoso. El público, entre gritos y pogos, entendía que lo que estaba viendo no era una simple banda veterana repitiendo viejos éxitos, sino una máquina perfectamente afinada que sigue teniendo algo urgente que decir.

Al final, más que nostalgia o rebeldía de escaparate, lo que Ilegales dejó en la Ciudad de México fue una lección: el tiempo puede pasar, pero hay quien sigue tocando con el filo intacto.

Texto y Fotografías: Sergio H. Silva

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