Hay festivales que, aunque no cuenten con grandes escenarios o presupuestos colosales, logran capturar algo único: una conexión genuina entre artistas y público. El Monkeybee Festival es un ejemplo perfecto de ello. En esta edición, una curaduría impecable de bandas transformó el evento en un festín sonoro que celebró el punk, la psicodelia y el garage en su estado más puro.
La jornada arrancó con Sisters of Doom, quienes prepararon el terreno con su energía oscura y contundente. Luego llegó Playas Negras, trayendo una ola de riffs profundos que electrizó al público, marcando el inicio de una noche inolvidable.
La psicodelia tomó el mando con Black Maracas, cuya actuación hipnótica resonó como una de las más impactantes del festival. Su fusión de ritmos envolventes y una ejecución impecable convirtió el recinto en un viaje sensorial. Por otro lado, Brent Amaker and the Rodeo conmovieron a todos con temas como Fukushima, logrando un momento único en el que la melancolía y la celebración se entrelazaron perfectamente.
El punk crudo y visceral llegó de la mano de Die Verlierer, quienes encendieron el escenario con un sonido directo y rebelde, transportándonos a un sótano ruidoso donde este género cobra vida. Poco después, Scared of Chaka irrumpió con su estilo punk clásico, demostrando que la vieja escuela sigue vigente y tan vibrante como siempre.
San Pedro el Cortez no decepcionó con su energía frenética, conectando con el público de una manera que solo ellos saben hacer. Luego, el turno fue para Meatbodies, quienes añadieron un toque de rock visceral que sacudió a los asistentes.
El carisma de Hunx and His Punk, liderados por la magnética Shannon Shaw, fue otro punto alto de la noche. La conexión entre la banda y el público fue palpable, entregando un set lleno de actitud y emociones que dejó a todos con ganas de más.
Finalmente, Toody Cole, figura icónica de Dead Moon, cerró el festival con una presentación cargada de historia y alma, haciendo de este un momento profundamente especial para los asistentes. Su regreso a México, años después de su visita al Wild O Fest, fue un recordatorio del legado imborrable que deja cada vez que sube a un escenario.
El Monkeybee Festival no necesita pretender ser un gigante, porque su esencia radica en el alma que lo construye: una curaduría auténtica, un público entregado y un ambiente donde la música habla por sí sola. Gracias por todo Monkeybee.
Texto y Fotografías: Sergio H. Silva


























