Hace unos días, el Claustro de Sor Juana se convirtió en un espacio de memoria y reflexión para entender lo que hay detrás de uno de los festivales más importantes del país: el Vive Latino. El conversatorio reunió a Jordi Puig, Daniela Spalla y Ezra Buenrostro Hoogwater, tres figuras clave —desde la gestión, la música y el diseño— en la construcción del universo que rodea al festival.

Lejos de una charla promocional, la conversación se centró en el origen del Vive Latino y su evolución a lo largo de los años: cómo pasó de ser una apuesta arriesgada a convertirse en un punto de encuentro intergeneracional, sin diluir su identidad. Jordi Puig abordó el reto de mantener un equilibrio entre crecimiento y coherencia, recordando que el festival no se define solo por su cartel, sino por la comunidad que lo sostiene.

Uno de los momentos más reveladores fue cuando se habló de las dificultades logísticas que implica levantar un evento de esta magnitud. Desde la preproducción hasta el montaje simultáneo de múltiples escenarios en lapsos de tiempo mínimos, el equipo enfrenta contratiempos técnicos, climáticos y operativos que obligan a tomar decisiones rápidas sin comprometer la experiencia del público ni la seguridad. Más que heroicidad, lo describieron como un ejercicio constante de coordinación y confianza entre equipos que deben funcionar como un solo organismo.

Desde la experiencia en el escenario, Daniela Spalla compartió lo que significa habitar ese espacio como artista: un lugar donde la exposición masiva no debería comprometer la voz propia. Su intervención subrayó una idea clave: la relevancia no está en adaptarse a la multitud, sino en encontrar formas honestas de conectar con ella.

Por su parte, Ezra Buenrostro Hoogwater llevó la conversación hacia el terreno visual, revelando cómo el diseño del festival funciona como un lenguaje paralelo a la música. Más que un elemento decorativo, la identidad gráfica del Vive Latino articula memoria, pertenencia y reconocimiento; es el mapa emocional que permite que miles de asistentes se sientan parte de un mismo relato.

Más que una charla sobre música, el conversatorio fue una reflexión sobre comunidad, identidad y permanencia. Quedó claro que un festival no sobrevive solo por los nombres en letras grandes, sino por su capacidad de evolucionar sin perder el hilo que lo conecta con su origen: ser un espacio cultural vivo, compartido y en constante construcción.

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